Lo que el viento trae_ Exposición en Escola Joso-2
Marzo 7th, 2008Ya está seleccionado el material para la exposición de Lo que el viento trae en la Escola Joso. Durante la criba he descubierto que he perdido los bocetos a lápiz de la portada y algunos más…
A los que os paséis por la exposición gracias de antemano, y aquí tenéis un pequeño adelanto para los que no podáis asistir:
Pinturas de Vasily Vereshchagin que inspiraron el diseño de los personajes de Csenia y Gosha:


Algunas veces, con las páginas terminadas, decido añadir o eliminar viñetas, cambiar el orden de los bocadillos… En este caso añadí una viñeta nueva, la 5, un retoque en los diálogos de la 4 y un cambio de orden en los bocadillos de la 7.
La inclusión de la receta de cocina con elementos gráficos como el despiece del animal y la extracción de vísceras ayuda a resaltar el carácter rudo de la cocinera (y por extensión el del resto de los habitantes del pueblo):

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Página a lápiz y su versión terminada. La viñeta 3 ha sido modificada:

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Una viñeta aparentemente poco complicada pero que me dio más trabajo del esperado. Acabé trazando la perspectiva para conseguir la profundidad de campo que necesitaba:
A continuación los textos que dan comienzo a dos estupendos libros (de recomendada lectura) que sirvieron de inspiración para Lo que el viento trae (junto a la historia contada por el dibujante Josep Mª Beà sobre un ser trastornado y violento que vaga por las montañas).
El proyecto inicial iba a ser una adaptación de Morfina (de la que ya había escrito algunas páginas del guión, a modo de borrador) pero luego supe que la obra aún no estaba libre de derechos así que lo que hice fue coger lo más interesante de cada una de las tres historias y hacer un relato de miedo.
En estos dos textos queda perfectamente dibujado cómo debe ser la personalidad del protagonista:
“A quien no haya viajado a caballo por perdidos caminos vecinales, no tiene sentido que le cuente nada de esto: de todas formas no lo entendería. Y a quien ha viajado prefiero no contarle nada.
Seré breve: mi cochero y yo recorrimos las cuarenta verstas que separan la ciudad de Grachovka del hospital de Múrievo exactamente en un día. Incluso con una curiosa exactitud: a las dos de la tarde del 16 de septiembre de 1917 estábamos junto al último almacén que se encuentra en el límite de la magnífica ciudad de Grachovka; a las dos y cinco de la tarde del 17 de septiembre de ese mismo e inolvidable año de 1917, me encontraba de pie sobre la hierba aplastada, moribunda y reblandecida por las lluvias de septiembre en el patio del hospital de Múrievo. Mi aspecto era el siguiente: las piernas se me habían entumecido hasta tal punto que allí mismo, en el patio, repasaba confusamente en mi pensamiento las páginias de los manuales intentando con torpeza recordar si en realidad existía —o lo había soñado la noche anterior, en la aldea Grabílovka— una enfermedad por la cual se entumecen los músculos de una persona. ¿Cómo se llama esa maldita enfermedad en latín? Cada músculo me producía un dolor insoportable que me recordaba el dolor de muelas. De los dedos de los pies ni si quiera vale la pena hablar: ya no se movían dentro de las botas, yacían apaciblemente, parecidos a los muñones de madera. Reconozco que en un ataque de cobardía maldije mentalmente la medicina y la solicitud de ingreso que había presentado cinco años atrás, al rector de la universidad.”
Morfina, Mijaíl Bulgákov
“McDowell, fue el héroe de mi juventud. Murió en 1830, cuando yo tenía 4 años. No le vi jamás. Pero mi padre le había visitado varias veces. El relato de mi padre acerca del doctor rural de Danville a caballo, que casi cuarenta años antes del descubrimiento de la antisepsia se había atrevido en los bosques de Kentucky, en contra de las opiniones teóricas de todo el mundo, a abrir con éxito el cuerpo de una persona viva, es un relato que presentó multitud de formas. En él, mi padre se iba adaptando al grado de los conocimientos médicos que fui adquiriendo de muchacho en su consulta y también a mis conocimientos de la anatomía femenina, ya que la primera persona operada por McDowell fue una mujer. Mi padre me hablaba ya del doctor, cuando todavía me sentaba sobre sus rodillas y siguió haciéndolo muchos años más tarde, cuando yo estaba ya finalmente resuelto a convertirme en cirujano. La historia de McDowell había influído muchísimo en esta decisión. Tal historia me transportaba indefectiblemente a un mundo que aceleraba los latidos de mi corazón. En aquella prehistoria de la cirugía, por decirlo así; en la antecámara sombría, dolorosa, rodeada de terror y muerte del gran siglo de los triunfos quirúrgicos, que se inició más tarde, en 1846, la historia de McDowell era algo así como una luz clara que encendía mi ardiente fantasía y me anticipaba visiones del futuro.”
El siglo de los cirujanos, Jürgen Thorwald














